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Realmente, que decir tengo y mucho. Pero, terminaría escribiendo frases trilladas y ustedes releyendo palabras absurdas. El trabajo de mi descripción se lo regalo a alguién más.. Bue.. hasta ahora vale decir que soy una estudiante más de Comunicación social,mención Impreso de la Universidad del Zulia.. Para aquellos que se preguntan que paso con la bata y el estetoscopio aún siento ganas de ser médico.. Pero, no por ello estoy frustrada. Ando en eso de ser feliz disfrutando todo lo que pueda y aprehendiendo de todo. Tengo una adicción que se activa durante las noches.. ver la luna! es mi gran fijación. Es misteriosa, me desconcierta lo que encierra.. que lleva dentro, lo que me atrapa

viernes, 16 de mayo de 2008

No morir se hizo realidad sin pedírselo a Aladino

Ni siquiera tuvo que sonar sus dedos el genio de la lámpara de Aladino para que aquella que nació con la vida: la muerte, se sentara en una sala fría acompañada de su fiel amiga la guadaña para disfrutar unas merecidas vacaciones de siete meses; es ésta la trama que cuenta el escritor portugués José Saramago al humanizar a la muerte en su último libro publicado, “Las Intermitencias de la Muerte”.
Quien no haya deseado no morir nunca simplemente no ha estado vivo. La eternidad es el deseo más pedido desde el inicio de la vida. No es necesario hacer mayor esfuerzo para recordar el anhelado elixir de la vida, sustancia por la cual filósofos de siglos pasados morían. Saramago con su pluma cumple le deseo de todo ser humano: la eternidad. No cabe duda de que vivir para siempre incluso es tan deseado como la esperanza de revertir los efectos del calentamiento global.
Recurriendo a una parodia mofa el autor hace y deshace, construyendo el paradero de una sociedad en la cual la muerte deja de matar un principio de año. Representa a través de un lenguaje sarcástico la tragedia que tendría que soportar la humanidad, si un día en un pequeño país de la tierra nadie muriera. El escritor se encarga de mostrar la realidad verdadera de la eternidad: ancianos que estorban, el ridículo que protagonizan las industrias funerarias, la iglesia y hasta los medios de comunicación.
Con cada burla e ironía lleva a la reflexión de sus lectores, ¿será que luego de leer la obra alguien querá vivir para siempre?, quien se situé dentro del contexto del libro sabe que jamás soportaría la eternidad. Ser eterno durante siete meses produciría un diluvio de vivos, que le rezarían a un Dios, que la iglesia no reconocería.
El relato usado por el autor es perfecto porque demuestra la inconformidad y la frialdad con la que actúa el hombre. ¿Cuántas veces va alguien a un restaurante, compra el plato más caro y termina dejando la mitad de la comida?, la naturaleza del hombre es un capricho; un día quiere bajar la luna para luego aburrirse y dejarla debajo de la cama.
El hecho de que la obra éste invadida de comparaciones y epítetos justifica el show ridículo, en el cual los ciudadanos son unos “comics” que actúan por consenso, ya que luego de obtener un propósito imposible, terminan arrodillados a los pies de cualquiera para revertir la situación. Nunca el autor mueve su barita mágica para disfrazar de natural lo artificial del ser humano; por ello, decide que la población de su libro, ahora reciba cartas de la muerte.
Todo ser humano se queja por no saber cuando va a morir, pero ¿qué efecto tendrá saber cuándo se extingue la vida?, realmente bien claro queda, que sí la anticipación de la muerte produce algún efecto sería paranoia, paranoia ciudadana.
Sin duda la ficción que trae a la realidad Saramago deja un aprendizaje: no morir sería el deseo jamás deseado, a pesar de ser deseado desde el inicio de la vida. De no existir la muerte el mundo simplemente sería más pequeño que un nido de avispas, pues no daría abasto para tantas personas. Nadie podría ser feliz, si cómo dice Saramago en el principio y al final de su obra: al día siguiente nadie muriera.

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