La alarma despertadora de mi teléfono sonó justo a las seis de la mañana, era esa la hora en la que debía levantarme, puesto que tenía que ir a la Escuela de Comunicación Social de la Facultad de Humanidades y Educación, de la Universidad del Zulia. Estaba feliz, al fin Aladino había tronado sus dedos y me había cumplido mis deseos más pedidos ¡Ya no vestiría jamás ese horrible y caluroso vestido azul con camisa debajo! ¡Ya era universitaria!
Sin embargo, mi felicidad se desdibujó por etapas. La primera se llamó: cuando entre a la Facultad: Más allá de que ya no vestiría igual que los demás me imaginé un paraíso con gardenias. Pero, lejos de gardenias debía tener captus y ni eso había. Aquel que no haya salido jamás de las cuatro paredes celestes de una casa con función de liceo, sencillamente se queda tan estupefacto como yo, al pisar el gran complejo, en su mayoría de terrenos desolados de la Facultad de Humanidades.
Allí no había timbres, no había caras conocidas, no estaba el señor de siempre, ese que me vendía las golosinas todos los días, el mismo que me llevaba los aparatos dentales al salón cada vez que los olvidaba, en la mesa donde desayunaba. Ni siquiera estaban aquellas chicas que durante años me contaban los chismes de Jaimito y Paolita. Sólo estaba aquella señora gruñona que con actitud y conducta altiva me dijo: “Bienvenida a LUZ tu nueva casa”, seguido de sus palabras sonrió y me dejó allí en medio de un pasillo lleno de personas con función de vaivén y además con fotocopiadoras para adornar el lugar.
La segunda se llamó: ¿Acaso no era azul y rosa? Eso fue lo primero que me pregunte, y tuve una auto-respuesta: ¡Así no era! Pero, es que en un dialogo conmigo misma me imagine una casa utópica. La realidad de la escuela estuvo muy lejos de mi realidad, aquella que había pintado de rosa y azul cielo.
Mi recorrido por esa, mi nueva casa empezó con gestos de preocupación ya que los cuartos (salones) no tenían cerraduras, la cocina (cafetín) tenía mal aspecto; y además al igual que en las calles de la ciudad, mientras estuve sentada vi a muchas personas con enfermedades o limitaciones pidiendo dinero. Al parecer mi hogar temporal era inseguro.
Los colores ya no eran los mismo ahora era un gris deprimente el que vestía a la Facultad, no era utopía sólo era su color. Todo estaba teñido así de un gris desabrido, sin gracia; como si jamás hubiesen existido sonrisas en sus salas de estar.
Quizá la sonrisa de aquella señora, quien me dijo bienvenida no incluyó la tristeza, que regalan sus instalaciones, quizá la sonrisa de bienvenida era sólo de rutina, era un mensaje oculto como el de las galletas chinas, que hay que destaparlas para ver que tienen dentro.
Mi bienvenida en la escuela terminó con el comienzo de la misma alarma que suena cada mañana. Ahora, formo parte del vaivén de estudiantes que caminan con prisa por los pasillos, ahora comparto los cuartos, ahora le suplico al genio Aladino que mis hijos, puedan disfrutar no una escuela rosa con azul cielo, pero si al menos una cocina agradable, cuartos seguros y baños limpios. Esta última etapa, se llama: ¡Aladino concédeme el otro!
Datos personales
- Maryevan León
- Realmente, que decir tengo y mucho. Pero, terminaría escribiendo frases trilladas y ustedes releyendo palabras absurdas. El trabajo de mi descripción se lo regalo a alguién más.. Bue.. hasta ahora vale decir que soy una estudiante más de Comunicación social,mención Impreso de la Universidad del Zulia.. Para aquellos que se preguntan que paso con la bata y el estetoscopio aún siento ganas de ser médico.. Pero, no por ello estoy frustrada. Ando en eso de ser feliz disfrutando todo lo que pueda y aprehendiendo de todo. Tengo una adicción que se activa durante las noches.. ver la luna! es mi gran fijación. Es misteriosa, me desconcierta lo que encierra.. que lleva dentro, lo que me atrapa
viernes, 16 de mayo de 2008
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