Quién no sienta que su vida comienza con el acontecer diario, quién no sienta que la inmediatez, las cámaras, los block de notas, bolígrafos, grabadoras, son la verdad de aquel que se hace llamar periodista, entonces por más que tenga un titulo en sus manos, de cualquier casa de estudio, no lo es. Sólo vive una profesión y no el motor de la vida. Aquel que no sienta la adrenalina desenfrenada al redactar o cubrir algún evento, pues ha perdido su tiempo de estudio. Nació para otra cosa, menos para vivir y morir siendo periodista…
Maryevan León.
Datos personales
- Maryevan León
- Realmente, que decir tengo y mucho. Pero, terminaría escribiendo frases trilladas y ustedes releyendo palabras absurdas. El trabajo de mi descripción se lo regalo a alguién más.. Bue.. hasta ahora vale decir que soy una estudiante más de Comunicación social,mención Impreso de la Universidad del Zulia.. Para aquellos que se preguntan que paso con la bata y el estetoscopio aún siento ganas de ser médico.. Pero, no por ello estoy frustrada. Ando en eso de ser feliz disfrutando todo lo que pueda y aprehendiendo de todo. Tengo una adicción que se activa durante las noches.. ver la luna! es mi gran fijación. Es misteriosa, me desconcierta lo que encierra.. que lleva dentro, lo que me atrapa
domingo, 25 de mayo de 2008
miércoles, 21 de mayo de 2008
Esqueleto de mí, esqueleto de tí..
Espero te guste, lo escribí hace unos días, con las estrellas jugando a ser neuronas..
Y me quede aletargada baja una rama de estrellas, que me hacían pensarte. Ellas brillaban, ellas te pensaban. Sólo vivían allí en una laguna intentando con cada destello dibujar y desdibujar tu estampa. Ellas hacían fiesta de tus ojos, ellas hacían galas con tu lengua..
Esqueleto del libreto..
..y me quede viendo para decidir si seguia guindada de la luna. No sabía si era tu olor o tus dientes, lo que me hacía adorarte.
Y si mi vida seguía viendote, ¡porque me encantas!,¡porque me encantaste!
No se si usaste poción de luna o sólo reflejos de hojas de estrellas..
Sólo se que aquí sigo intentando no caerme, me aferro con fuerza, con la fuerza de un imán para seguir oliéndote, para vivir en tu aliento
Te Quiero!
viernes, 16 de mayo de 2008
Abre los ojos: Para pintarte a Maracaibo
Más allá de ser una tierra plana y llana, de tener un lago de un área 13km con lemna, un sol despiadado, producto de temperaturas superiores a 30º C y reservas petroleras, sin petróleo, la capital del Zulia es una metrópolis con ganas de Postmodernidad, pero aún arraigada en sus adentros en un pueblo colonial, que cría a sus hijos con la combinación entre colonización y su etapa industrial, pues en cierto modo es lo que la realidad le proporciona.
Pero, esta urbe en su cuna tiene mucho más que defectos. Por ejemplo, gracias al lago, conocido como Lago de Maracaibo, pero realmente llamado Lago de Coquivacoa hay un puerto por el cual ingresa un gran porcentaje de la economía de la que depende todo el país. También, durante estos últimos años se ha caracterizado por ser limpia, en diferencia a años atrás. Por otro lado, en referencia a otras ciudades del país, en esta ciudad no hay muchos niños en la calle.
Maracaibo desde lejos, desde el norte y desde el sur:
Esta ciudad por cualquiera de sus accesos brinda una vista hermosa, gracias a sus dotes naturales. A pesar de que estos no son cuidados Maracaibo desde lejos comienza a pintarse de verde. La fascinación de los ingenieros y arquitectos por la urbanización todavía no las ha eliminado todas. Pues es rica en árboles en algunas zonas, por su condición de bosque muy seco – tropical. Aunque, realmente son muy pocas las calles y avenidas de la ciudad que tienen árboles, ya que los ha cortado y rellenado con grama artificial.
En los alrededores de su casco central se encuentra el Terminal de Pasajeros, el “centro”, lugar donde se concentra en su mayoría la economía informal y, que además es el sitio donde esta el punto de partida del transporte público. Para ir al centro se debe estar predispuesto a soportar empujones, gritos y peleas para montarse en el autobús. Aquí es donde se reúne y se concentra el peor ruido de la ciudad, cornetas, personas gritando y combinaciones de todo tipo de música, es lo que diariamente estresa más a algunos ciudadanos.
Pero, aparte del Terminal y el “centro” aquí se ubica la plaza principal de la ciudad, la plaza Bolívar, que ahora no es más que un refugio de indigentes. También está aquí la Plaza Baralt, la Basílica, la Catedral, el Teatro Baralt, el palacio de Gobierno y al lado de este la Casa de la Capitulación, patrimonio regional.
Resulta fácil diferenciar las coordenadas de la ciudad. Quién viene desde el norte para el casco central de está metrópolis genuina la concibe diferente, un lugar muy ruidoso y sucio, muy sucio, que además carece de estructuras conservadas y modernas. Para quien viene desde el sur siempre es lo mismo: ranchos, ranchos provisionales, terrenos invadidos, pilas de basura, cañadas y el mismo ruido insoportable rutinario.
Tan importante como el Lago:
En otro sentido, Maracaibo no sólo atrae y destaca por sus características físicas, como el lago y su puente General Rafael Urdaneta. Sus habitantes brillan con luz propia por la singularidad y la forma tan particular de vivir. Para un maracucho salir del trabajo un lunes a las cinco de la tarde no es impedimento para “echarse unas friítas con los panas” independientemente de lo cansado que este esté. Ellos se valen de que cualquier día es o situación para rumbear.
La feria Internacional de la Virgen del Chiquinquirá es muestra evidente de esto. Los marabinos no son tan católicos como se quiere destacar cada 18 de noviembre, para muchos la importancia de este día es no ir a trabajar y amanecer rumbeando. La celebración de la “Chinita” es la excusa perfecta para el ocio de la mayoría.
Por otro lado, ellos creen tener siempre la razón en todo. Por ejemplo, una regla especial, típica de la ciudad: un chofer de tráfico debe parar el lugar justo donde el usuario le diga. Si no es así simplemente comienzan a discutir. Pues también son temperamentales y flojos, se ha acostumbrado a no caminar, aunque esto realmente se debe al “palo de sol” que diariamente hace.
En sí, los marabinos en su mayoría son solidarios, sinceros y sencillos le brindan una sonrisa o un grito a cualquiera que visite la ciudad. Ellos muestran las cosas buenas con las que cuentan, entre ellas, un raspao o un guarapo de limón con panela para el calor.Sin duda alguna entre gritos, calor, residencias y ranchos Maracaibo es una de las ciudades más importantes del país. Su gentilicio y su condición de puerto la ha fortalecido como la urbe que se está formando. A pesar de que su ubicación geográfica no la ayude a adoptar plenamente este término, ya que esta situada en la región occidental de Venezuela.
Pero, esta urbe en su cuna tiene mucho más que defectos. Por ejemplo, gracias al lago, conocido como Lago de Maracaibo, pero realmente llamado Lago de Coquivacoa hay un puerto por el cual ingresa un gran porcentaje de la economía de la que depende todo el país. También, durante estos últimos años se ha caracterizado por ser limpia, en diferencia a años atrás. Por otro lado, en referencia a otras ciudades del país, en esta ciudad no hay muchos niños en la calle.
Maracaibo desde lejos, desde el norte y desde el sur:
Esta ciudad por cualquiera de sus accesos brinda una vista hermosa, gracias a sus dotes naturales. A pesar de que estos no son cuidados Maracaibo desde lejos comienza a pintarse de verde. La fascinación de los ingenieros y arquitectos por la urbanización todavía no las ha eliminado todas. Pues es rica en árboles en algunas zonas, por su condición de bosque muy seco – tropical. Aunque, realmente son muy pocas las calles y avenidas de la ciudad que tienen árboles, ya que los ha cortado y rellenado con grama artificial.
En los alrededores de su casco central se encuentra el Terminal de Pasajeros, el “centro”, lugar donde se concentra en su mayoría la economía informal y, que además es el sitio donde esta el punto de partida del transporte público. Para ir al centro se debe estar predispuesto a soportar empujones, gritos y peleas para montarse en el autobús. Aquí es donde se reúne y se concentra el peor ruido de la ciudad, cornetas, personas gritando y combinaciones de todo tipo de música, es lo que diariamente estresa más a algunos ciudadanos.
Pero, aparte del Terminal y el “centro” aquí se ubica la plaza principal de la ciudad, la plaza Bolívar, que ahora no es más que un refugio de indigentes. También está aquí la Plaza Baralt, la Basílica, la Catedral, el Teatro Baralt, el palacio de Gobierno y al lado de este la Casa de la Capitulación, patrimonio regional.
Resulta fácil diferenciar las coordenadas de la ciudad. Quién viene desde el norte para el casco central de está metrópolis genuina la concibe diferente, un lugar muy ruidoso y sucio, muy sucio, que además carece de estructuras conservadas y modernas. Para quien viene desde el sur siempre es lo mismo: ranchos, ranchos provisionales, terrenos invadidos, pilas de basura, cañadas y el mismo ruido insoportable rutinario.
Tan importante como el Lago:
En otro sentido, Maracaibo no sólo atrae y destaca por sus características físicas, como el lago y su puente General Rafael Urdaneta. Sus habitantes brillan con luz propia por la singularidad y la forma tan particular de vivir. Para un maracucho salir del trabajo un lunes a las cinco de la tarde no es impedimento para “echarse unas friítas con los panas” independientemente de lo cansado que este esté. Ellos se valen de que cualquier día es o situación para rumbear.
La feria Internacional de la Virgen del Chiquinquirá es muestra evidente de esto. Los marabinos no son tan católicos como se quiere destacar cada 18 de noviembre, para muchos la importancia de este día es no ir a trabajar y amanecer rumbeando. La celebración de la “Chinita” es la excusa perfecta para el ocio de la mayoría.
Por otro lado, ellos creen tener siempre la razón en todo. Por ejemplo, una regla especial, típica de la ciudad: un chofer de tráfico debe parar el lugar justo donde el usuario le diga. Si no es así simplemente comienzan a discutir. Pues también son temperamentales y flojos, se ha acostumbrado a no caminar, aunque esto realmente se debe al “palo de sol” que diariamente hace.
En sí, los marabinos en su mayoría son solidarios, sinceros y sencillos le brindan una sonrisa o un grito a cualquiera que visite la ciudad. Ellos muestran las cosas buenas con las que cuentan, entre ellas, un raspao o un guarapo de limón con panela para el calor.Sin duda alguna entre gritos, calor, residencias y ranchos Maracaibo es una de las ciudades más importantes del país. Su gentilicio y su condición de puerto la ha fortalecido como la urbe que se está formando. A pesar de que su ubicación geográfica no la ayude a adoptar plenamente este término, ya que esta situada en la región occidental de Venezuela.
Oliverio Girondo
No sé, me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! - y en esto soy irreductible no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretenden seducirme!
Esta fue - y no otra - la razón de que me enamorase tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?
¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con que impaciencia yo esperaba que volviese, volando de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. "¡María Luisa! ¡María Luisa!... y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Que delicia la de tener una mujer tan ligera... aunque nos haga ver, de vez en cuando las estrellas! ¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes... la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer a una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en conseguirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar.
MIEDO
Manuel Caballero
Mil veces he intentadodecirte que te quiero,mas la ardorosa confesión, mi vida,se ha vuelto de los labios a mi pecho¿Por qué, niña? Lo ignoro,¿Por qué? Yo no lo entiendo,Son blandas tu sonrisa y tu mirada,dulce es tu voz, y al escucharla tiemblo.Ni al verte estoy tranquilo,ni al hablarte sereno,Busco frases de amor y nos la hallo.No sé si he de ofenderte y tengo miedo,.Callando, pues, me vivoy amándote en silencio,sin que jamás en tus dormidos ojossorprenda de pasión algún destello.Dime si me comprendes,si amarte no merezco.Di si una imagen en el alma llevas...Más no... no me lo digas...¡tengo miedo!Pero si el labio calla,con frases de los cielosdeja, mi vida, que tus ojos digana mis húmedos ojos... ya os entiendodeja escapar el almalos rítmicos acentosde esa vaga armonía, cuyas notastiene tan sólo el corazón por eco.Deja al que va cruzandopor áspero sendero,que si no halla la luz en la ventana,tenga la luz de la esperanza al menos.Callemos en buena horapues que al hablarte tiemblo,mas deja que las almas, uno a uno,se cuenten con los ojos sus secretos...Dejemos que se diganen ráfagas de fuegoconfidencias que escuche el infinitofrases mudas de encanto y de misterio.Dejemos, si lo quieren,que sientes lo que siento,beso puro que engendren las miradasy que tan bello porvenir es nuestro.Dime así que me entiendes,que estallen en un beso,que es el porvenir de luz y floresy suba sin rumor hasta los cielos.Di que verme a tus plantases de tu vida el sueño,dime así cuanto quieras....cuanto quieras.De que me hables así... no tengo miedo.
No morir se hizo realidad sin pedírselo a Aladino
Ni siquiera tuvo que sonar sus dedos el genio de la lámpara de Aladino para que aquella que nació con la vida: la muerte, se sentara en una sala fría acompañada de su fiel amiga la guadaña para disfrutar unas merecidas vacaciones de siete meses; es ésta la trama que cuenta el escritor portugués José Saramago al humanizar a la muerte en su último libro publicado, “Las Intermitencias de la Muerte”.
Quien no haya deseado no morir nunca simplemente no ha estado vivo. La eternidad es el deseo más pedido desde el inicio de la vida. No es necesario hacer mayor esfuerzo para recordar el anhelado elixir de la vida, sustancia por la cual filósofos de siglos pasados morían. Saramago con su pluma cumple le deseo de todo ser humano: la eternidad. No cabe duda de que vivir para siempre incluso es tan deseado como la esperanza de revertir los efectos del calentamiento global.
Recurriendo a una parodia mofa el autor hace y deshace, construyendo el paradero de una sociedad en la cual la muerte deja de matar un principio de año. Representa a través de un lenguaje sarcástico la tragedia que tendría que soportar la humanidad, si un día en un pequeño país de la tierra nadie muriera. El escritor se encarga de mostrar la realidad verdadera de la eternidad: ancianos que estorban, el ridículo que protagonizan las industrias funerarias, la iglesia y hasta los medios de comunicación.
Con cada burla e ironía lleva a la reflexión de sus lectores, ¿será que luego de leer la obra alguien querá vivir para siempre?, quien se situé dentro del contexto del libro sabe que jamás soportaría la eternidad. Ser eterno durante siete meses produciría un diluvio de vivos, que le rezarían a un Dios, que la iglesia no reconocería.
El relato usado por el autor es perfecto porque demuestra la inconformidad y la frialdad con la que actúa el hombre. ¿Cuántas veces va alguien a un restaurante, compra el plato más caro y termina dejando la mitad de la comida?, la naturaleza del hombre es un capricho; un día quiere bajar la luna para luego aburrirse y dejarla debajo de la cama.
El hecho de que la obra éste invadida de comparaciones y epítetos justifica el show ridículo, en el cual los ciudadanos son unos “comics” que actúan por consenso, ya que luego de obtener un propósito imposible, terminan arrodillados a los pies de cualquiera para revertir la situación. Nunca el autor mueve su barita mágica para disfrazar de natural lo artificial del ser humano; por ello, decide que la población de su libro, ahora reciba cartas de la muerte.
Todo ser humano se queja por no saber cuando va a morir, pero ¿qué efecto tendrá saber cuándo se extingue la vida?, realmente bien claro queda, que sí la anticipación de la muerte produce algún efecto sería paranoia, paranoia ciudadana.
Sin duda la ficción que trae a la realidad Saramago deja un aprendizaje: no morir sería el deseo jamás deseado, a pesar de ser deseado desde el inicio de la vida. De no existir la muerte el mundo simplemente sería más pequeño que un nido de avispas, pues no daría abasto para tantas personas. Nadie podría ser feliz, si cómo dice Saramago en el principio y al final de su obra: al día siguiente nadie muriera.
Quien no haya deseado no morir nunca simplemente no ha estado vivo. La eternidad es el deseo más pedido desde el inicio de la vida. No es necesario hacer mayor esfuerzo para recordar el anhelado elixir de la vida, sustancia por la cual filósofos de siglos pasados morían. Saramago con su pluma cumple le deseo de todo ser humano: la eternidad. No cabe duda de que vivir para siempre incluso es tan deseado como la esperanza de revertir los efectos del calentamiento global.
Recurriendo a una parodia mofa el autor hace y deshace, construyendo el paradero de una sociedad en la cual la muerte deja de matar un principio de año. Representa a través de un lenguaje sarcástico la tragedia que tendría que soportar la humanidad, si un día en un pequeño país de la tierra nadie muriera. El escritor se encarga de mostrar la realidad verdadera de la eternidad: ancianos que estorban, el ridículo que protagonizan las industrias funerarias, la iglesia y hasta los medios de comunicación.
Con cada burla e ironía lleva a la reflexión de sus lectores, ¿será que luego de leer la obra alguien querá vivir para siempre?, quien se situé dentro del contexto del libro sabe que jamás soportaría la eternidad. Ser eterno durante siete meses produciría un diluvio de vivos, que le rezarían a un Dios, que la iglesia no reconocería.
El relato usado por el autor es perfecto porque demuestra la inconformidad y la frialdad con la que actúa el hombre. ¿Cuántas veces va alguien a un restaurante, compra el plato más caro y termina dejando la mitad de la comida?, la naturaleza del hombre es un capricho; un día quiere bajar la luna para luego aburrirse y dejarla debajo de la cama.
El hecho de que la obra éste invadida de comparaciones y epítetos justifica el show ridículo, en el cual los ciudadanos son unos “comics” que actúan por consenso, ya que luego de obtener un propósito imposible, terminan arrodillados a los pies de cualquiera para revertir la situación. Nunca el autor mueve su barita mágica para disfrazar de natural lo artificial del ser humano; por ello, decide que la población de su libro, ahora reciba cartas de la muerte.
Todo ser humano se queja por no saber cuando va a morir, pero ¿qué efecto tendrá saber cuándo se extingue la vida?, realmente bien claro queda, que sí la anticipación de la muerte produce algún efecto sería paranoia, paranoia ciudadana.
Sin duda la ficción que trae a la realidad Saramago deja un aprendizaje: no morir sería el deseo jamás deseado, a pesar de ser deseado desde el inicio de la vida. De no existir la muerte el mundo simplemente sería más pequeño que un nido de avispas, pues no daría abasto para tantas personas. Nadie podría ser feliz, si cómo dice Saramago en el principio y al final de su obra: al día siguiente nadie muriera.
Bienvenida a LUZ tu nueva casa de estudio
La alarma despertadora de mi teléfono sonó justo a las seis de la mañana, era esa la hora en la que debía levantarme, puesto que tenía que ir a la Escuela de Comunicación Social de la Facultad de Humanidades y Educación, de la Universidad del Zulia. Estaba feliz, al fin Aladino había tronado sus dedos y me había cumplido mis deseos más pedidos ¡Ya no vestiría jamás ese horrible y caluroso vestido azul con camisa debajo! ¡Ya era universitaria!
Sin embargo, mi felicidad se desdibujó por etapas. La primera se llamó: cuando entre a la Facultad: Más allá de que ya no vestiría igual que los demás me imaginé un paraíso con gardenias. Pero, lejos de gardenias debía tener captus y ni eso había. Aquel que no haya salido jamás de las cuatro paredes celestes de una casa con función de liceo, sencillamente se queda tan estupefacto como yo, al pisar el gran complejo, en su mayoría de terrenos desolados de la Facultad de Humanidades.
Allí no había timbres, no había caras conocidas, no estaba el señor de siempre, ese que me vendía las golosinas todos los días, el mismo que me llevaba los aparatos dentales al salón cada vez que los olvidaba, en la mesa donde desayunaba. Ni siquiera estaban aquellas chicas que durante años me contaban los chismes de Jaimito y Paolita. Sólo estaba aquella señora gruñona que con actitud y conducta altiva me dijo: “Bienvenida a LUZ tu nueva casa”, seguido de sus palabras sonrió y me dejó allí en medio de un pasillo lleno de personas con función de vaivén y además con fotocopiadoras para adornar el lugar.
La segunda se llamó: ¿Acaso no era azul y rosa? Eso fue lo primero que me pregunte, y tuve una auto-respuesta: ¡Así no era! Pero, es que en un dialogo conmigo misma me imagine una casa utópica. La realidad de la escuela estuvo muy lejos de mi realidad, aquella que había pintado de rosa y azul cielo.
Mi recorrido por esa, mi nueva casa empezó con gestos de preocupación ya que los cuartos (salones) no tenían cerraduras, la cocina (cafetín) tenía mal aspecto; y además al igual que en las calles de la ciudad, mientras estuve sentada vi a muchas personas con enfermedades o limitaciones pidiendo dinero. Al parecer mi hogar temporal era inseguro.
Los colores ya no eran los mismo ahora era un gris deprimente el que vestía a la Facultad, no era utopía sólo era su color. Todo estaba teñido así de un gris desabrido, sin gracia; como si jamás hubiesen existido sonrisas en sus salas de estar.
Quizá la sonrisa de aquella señora, quien me dijo bienvenida no incluyó la tristeza, que regalan sus instalaciones, quizá la sonrisa de bienvenida era sólo de rutina, era un mensaje oculto como el de las galletas chinas, que hay que destaparlas para ver que tienen dentro.
Mi bienvenida en la escuela terminó con el comienzo de la misma alarma que suena cada mañana. Ahora, formo parte del vaivén de estudiantes que caminan con prisa por los pasillos, ahora comparto los cuartos, ahora le suplico al genio Aladino que mis hijos, puedan disfrutar no una escuela rosa con azul cielo, pero si al menos una cocina agradable, cuartos seguros y baños limpios. Esta última etapa, se llama: ¡Aladino concédeme el otro!
Sin embargo, mi felicidad se desdibujó por etapas. La primera se llamó: cuando entre a la Facultad: Más allá de que ya no vestiría igual que los demás me imaginé un paraíso con gardenias. Pero, lejos de gardenias debía tener captus y ni eso había. Aquel que no haya salido jamás de las cuatro paredes celestes de una casa con función de liceo, sencillamente se queda tan estupefacto como yo, al pisar el gran complejo, en su mayoría de terrenos desolados de la Facultad de Humanidades.
Allí no había timbres, no había caras conocidas, no estaba el señor de siempre, ese que me vendía las golosinas todos los días, el mismo que me llevaba los aparatos dentales al salón cada vez que los olvidaba, en la mesa donde desayunaba. Ni siquiera estaban aquellas chicas que durante años me contaban los chismes de Jaimito y Paolita. Sólo estaba aquella señora gruñona que con actitud y conducta altiva me dijo: “Bienvenida a LUZ tu nueva casa”, seguido de sus palabras sonrió y me dejó allí en medio de un pasillo lleno de personas con función de vaivén y además con fotocopiadoras para adornar el lugar.
La segunda se llamó: ¿Acaso no era azul y rosa? Eso fue lo primero que me pregunte, y tuve una auto-respuesta: ¡Así no era! Pero, es que en un dialogo conmigo misma me imagine una casa utópica. La realidad de la escuela estuvo muy lejos de mi realidad, aquella que había pintado de rosa y azul cielo.
Mi recorrido por esa, mi nueva casa empezó con gestos de preocupación ya que los cuartos (salones) no tenían cerraduras, la cocina (cafetín) tenía mal aspecto; y además al igual que en las calles de la ciudad, mientras estuve sentada vi a muchas personas con enfermedades o limitaciones pidiendo dinero. Al parecer mi hogar temporal era inseguro.
Los colores ya no eran los mismo ahora era un gris deprimente el que vestía a la Facultad, no era utopía sólo era su color. Todo estaba teñido así de un gris desabrido, sin gracia; como si jamás hubiesen existido sonrisas en sus salas de estar.
Quizá la sonrisa de aquella señora, quien me dijo bienvenida no incluyó la tristeza, que regalan sus instalaciones, quizá la sonrisa de bienvenida era sólo de rutina, era un mensaje oculto como el de las galletas chinas, que hay que destaparlas para ver que tienen dentro.
Mi bienvenida en la escuela terminó con el comienzo de la misma alarma que suena cada mañana. Ahora, formo parte del vaivén de estudiantes que caminan con prisa por los pasillos, ahora comparto los cuartos, ahora le suplico al genio Aladino que mis hijos, puedan disfrutar no una escuela rosa con azul cielo, pero si al menos una cocina agradable, cuartos seguros y baños limpios. Esta última etapa, se llama: ¡Aladino concédeme el otro!
...un domingo de poesía
Fue un domingo. Y la ciudad vestía su traje favorito, ese que es amarillo y ciega de manera fugaz a todo aquel que se atreva a mirarlo directamente. Aún así y pese a que era más de lo mismo, un domingo con bastante calor y enmarcado en la identidad de los marabinos, estar todo el día en la casa con la familia para mi era un domingo romántico, Maracaibo había amanecido con una rosa en el traje, tal cual al aspecto físico de un caballero del siglo pasado.
Ese domingo, de enero con la figura de fondo de la ciudad y en primacía mi sonrisa vestida con la mejor gala necesitaba escapar de la rutina, necesitaba hacer una apoteosis del domingo, de mi domingo.
El vestido de gala de mi sonrisa, que atormentó y contagió a quien se me acercara tuvo explicación, cuando después de estar dos horas acostada en la grama de un parque, alguien imitó mi actitud y con los ojos cerrados comenzó a susurrarme poesía; poesía sarcástica, poesía de Oliverio Girondo. Quién habló tenía un timbre de voz masculino, fuerte y decidido; su voz era un mandato al igual que sus manos ásperas, las que me ordenaron no abrir los ojos.
Después de escuchar el primer poema y asqueada del olor ineludible del cigarrillo, que impregnaba la estampa de este hombre que no conocía, estuve aletargada en un juego con un extraño lector de poesía.
Eso fue esa tarde, -¡vaya tarde!- fui la protagonista de un domingo sin narcisismo, vi a alguien sin mirarlo, tuve la inseguridad de la seguridad de un bohemio. Así lo percibí. No fue necesario ver su rostro, saber si era gordo o flacucho; sólo quería seguir allí en la grama, acostada con mi recital de sonrisas, inhalando humo, llenando mis pulmones de cáncer; pero mis oídos del alma, el alma en palabras; de la luna escrita, de eso, que le regalo un extraño a una extraña.
Jamás nos miramos, sólo sentíamos la presencia física por el sonido de las respiraciones, durante los espacios de descanso entre poemas. Realmente, sentí que estaba en una celebración al estilo de una película épica. Era tan extraño que existiese un hombre de manos ásperas que le recitara poesía a una desconocida. Era aún más raro que no le temiese al rechazo, ni a los señalamientos, era perfecto, fue perfecto.
Escuché seis poemas, reconocí sólo cuatro. Estuve ahí durante horas. Viví mi mejor fiesta y tal cuál haría otra persona roge a un Dios que no terminara ese momento. Se que el sexto poema fue el cierre de ese domingo caluroso en la ciudad y fue el final del juego poético.
El juego no tuvo preguntas para conocernos, el juego dejo un corcho nuevo para el kolash de recuerdos que cada uno guarda para sí. Nunca conocí el propósito del extraño lector de poesía. Pero, si concluí que lo hermoso estuvo en no verlo y en que tuvo sabor a un chocolate con piscas de luna, por lo extraño y delicioso
Ese domingo, de enero con la figura de fondo de la ciudad y en primacía mi sonrisa vestida con la mejor gala necesitaba escapar de la rutina, necesitaba hacer una apoteosis del domingo, de mi domingo.
El vestido de gala de mi sonrisa, que atormentó y contagió a quien se me acercara tuvo explicación, cuando después de estar dos horas acostada en la grama de un parque, alguien imitó mi actitud y con los ojos cerrados comenzó a susurrarme poesía; poesía sarcástica, poesía de Oliverio Girondo. Quién habló tenía un timbre de voz masculino, fuerte y decidido; su voz era un mandato al igual que sus manos ásperas, las que me ordenaron no abrir los ojos.
Después de escuchar el primer poema y asqueada del olor ineludible del cigarrillo, que impregnaba la estampa de este hombre que no conocía, estuve aletargada en un juego con un extraño lector de poesía.
Eso fue esa tarde, -¡vaya tarde!- fui la protagonista de un domingo sin narcisismo, vi a alguien sin mirarlo, tuve la inseguridad de la seguridad de un bohemio. Así lo percibí. No fue necesario ver su rostro, saber si era gordo o flacucho; sólo quería seguir allí en la grama, acostada con mi recital de sonrisas, inhalando humo, llenando mis pulmones de cáncer; pero mis oídos del alma, el alma en palabras; de la luna escrita, de eso, que le regalo un extraño a una extraña.
Jamás nos miramos, sólo sentíamos la presencia física por el sonido de las respiraciones, durante los espacios de descanso entre poemas. Realmente, sentí que estaba en una celebración al estilo de una película épica. Era tan extraño que existiese un hombre de manos ásperas que le recitara poesía a una desconocida. Era aún más raro que no le temiese al rechazo, ni a los señalamientos, era perfecto, fue perfecto.
Escuché seis poemas, reconocí sólo cuatro. Estuve ahí durante horas. Viví mi mejor fiesta y tal cuál haría otra persona roge a un Dios que no terminara ese momento. Se que el sexto poema fue el cierre de ese domingo caluroso en la ciudad y fue el final del juego poético.
El juego no tuvo preguntas para conocernos, el juego dejo un corcho nuevo para el kolash de recuerdos que cada uno guarda para sí. Nunca conocí el propósito del extraño lector de poesía. Pero, si concluí que lo hermoso estuvo en no verlo y en que tuvo sabor a un chocolate con piscas de luna, por lo extraño y delicioso
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